Wednesday, July 30, 2008

La bu ena tierra, Pearl S. Buck

Traducción de Elizabeth Mulder, El Aleph, Barcelona, 2006, 395 pp. 18,90 €


¿Quién de entre los lectores no ha leído o no tiene una madre, una tía o una abuela que no haya leído algún libro de Pearl S. Buck? Si no La buena tierra, seguro que leyeron Viento del este, viento del oeste, La estirpe del dragón, La gran dama o Carta de Pekín. Como los libros de Pearl S. Buck (1892-1973) forman parte del imaginario literario que nos precedió y nadie puede negar su popularidad, al menos, hasta los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, cabe preguntarse si su lectura de La buena tierra continúa vigente.
La buena tierra (1931), publicada cinco años antes que Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, inauguró un tipo de literatura popular, entre naturalista y romántica, que contaría con el favor del público de, prácticamente, todo el mundo. Inicialmente, vendió un millón y medio de ejemplares, fue adaptada al teatro, contó con versión cinematográfica de la Metro Goldwyn Mayer y recibió el Premio Pulitzer. Sirvió para que, después de su publicación, los escritores chinos de la época (excepción hecha de Lu Shun, quien, a pesar de haberse acercado a la temática campesina china no conocía de primera mano la realidad a la que se refería en sus obras) empezaran a escribir sobre el mundo rural chino. En Estados Unidos fue libro de lectura obligada para los estudiantes de secundaria y en la actualidad es posible encontrar libros de Pearl S. Buck en bibliotecas de Tanzania, Nueva Guinea, India o Colombia.
A pesar de que Pearl S. Buck conocía de primera mano la realidad de la que trata, pues vivió en la provincia de Anhui en que ambienta la acción, La buena tierra no constituye ni una obra testimonial, ni una crítica social, ni un documento. Ciertamente, el lector presencia escenas devastadoras, como aquella en la que O-Lan, la esposa del protagonista Wang Lung, vuelve a labrar la tierra minutos después de haber parido o aquella en la que Wang Lung carga con su padre anciano y enfermo a la espalda durante un largo trayecto a pie, que permiten al lector hacerse una idea de las condiciones de vida de la China rural previas a la invasión japonesa de 1931 y a la proclamación de la República Popular de 1949. Pero, por encima de todo, La buena tierra es una novela construida con personajes de carne y hueso; la historia de tres generaciones de la familia de un campesino pobrísimo que, partiendo prácticamente de la nada y gracias a la tenacidad y la constancia en el trabajo y a su vínculo inquebrantable con la tierra —fuente nutricia sujeta a los caprichos de unos dioses no siempre compasivos—, consigue hacerse con una importante hacienda y la propiedad de la Casa Grande, en donde su esposa O-Lan había sido esclava.
En la actualidad, La buena tierra puede resultar un poco farragosa: abundan las descripciones de detalles sin importancia aparente, tanto como ciertos aires psicologistas en el tratamiento de los personajes. Sin embargo, su lectura quizás sea grata a quienes se interesen por la comprensión de unas realidades “otras”. Porque, a pesar de ser hija de misioneros, Pearl S. Buck no pretendió juzgar la realidad en la que enraizó su escritura, sino comprenderla y hacerla comprender. Porque el saber que la novela es el fruto, por más tópico que parezca, del cruce entre oriente y occidente no le resta valor, sino que se lo suma. Porque en La buena tierra prevalece la autenticidad y la capacidad de ponerse en la piel del otro que implica cualquier acto de escritura, así como la posibilidad de hablar cara a cara con lo distinto, aunque a veces los hallazgos sean terribles. Y porque Pearl S. Buck, precisamente por todo lo apuntado, escapa a la injusta clasificación de la literatura según categorías de pertenencia nacional

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Viaje sen timental, Laurence Sterne

Traducción y postfacio de Max Lacruz. Funambulista, Madrid, 2006. 297 pp. 20,50 €



Mucho es lo que se ha dicho y poco lo que se puede aportar sobre la figura y obra de Laurence Sterne, autor irlandés (1713- 1768), al que debemos, entre otras piezas, este inacabado Viaje sentimental y Tristram Shandy, un clásico de la literatura que se constituye en objeto permanente de revisitas, tal vez porque eso que se llamó la posmodernidad, al menos, la literaria, ya estaba inventada en el corazón de la modernidad y de las luces: Sterne indaga en los límites entre los géneros, es un heterodoxo, un alquimista, que funde en sus crisoles el ensayismo, la literatura de viajes, la escena galante, la epístola, el cuentecillo y el diálogo cómico, en el marco de una trama que experimenta con los efectos de los «manuscritos encontrados», de la suspensión y de la elipsis. No por casualidad, Sterne admira a Cervantes durante un siglo en el que, en España, Don Miguel quedaba en los márgenes del canon, pese a haber marcado las pautas de la novela moderna y, por eso y a la vez, de la posmoderna: los influjos y las intertextualidades nos juegan a veces estas malas pasadas ucrónicas que, como apuntaba Borges, convierten la Historia, especialmente la historia cultural, en un círculo, un laberinto o una ficción en sí misma. Pese a la diversidad de un texto que consigue, a través de ella, entretener, lo más importante de este libro es la coherencia de la voz que da sentido a la pluralidad, dosificándola y reinterpretándola, para expresar una caudalosa alegría de vivir, un acuerdo tácito entre el ser humano y el mundo («Todo, todo ello proviene de ti, gran Sensorium del mundo que vibra si un cabello de nuestras cabezas cae al suelo, en el más remoto desierto de la creación», reflexiona el narrador…), un sensualismo casi desprejuiciado —totalmente desprejuiciado sería imposible hasta por parte de los más insignes inmoralistas—, pero no exento de esa «alma» que confiere al viaje estatus de recorrido sentimental y no de catálogo paisajístico: en el Viaje sentimental por Francia e Italia —Italia sólo se atisba, ya que hablamos de una obra inacabada— no salen monumentos, pero aparecen modistillas, encajeras y vendedoras de guantes, los mendigos de Francia, madames y nobles, que dibujan el mapa de la sentimentalidad del narrador, despertando su compasión, su prodigalidad, su mala conciencia, sus deseos, sus maldades y bondades, su humorismo y sus instintos, de un modo que hubiera sido imposible sin tales acicates, porque lo que se aprende de un viaje es lo que queda detrás de los filtros de los estados de ánimo, de la subjetividad y del contacto con los otros. A Sterne y a su narrador, les conmueve el género humano, la psicología, la sociología, las idiosincrasias nacionales, el descubrimiento del otro y de uno mismo a través de lo ajeno. En este sentido, las escenas eróticas trazan un panorama del amor sensual que, en su detallismo y sutileza, está vinculado con la estética rococó: el gusto por lo pequeño, la delicadeza, el insinuado toque libertino que se coloca en las antípodas de la pornografía, las normas vulneradas de la seducción- las pautas sociales y sus suaves fracturas estimulan la libido- los ardides galantes… El Viaje sentimental se interrumpe con una escena que es cualquier cosa menos abrupta y, apelando de nuevo a la magia de las intertextualidades que permite pasar el tiempo por la centrifugadora, recuerda a ese mítico momento en el que Clark Gable y Claudette Colbert comparten habitación en Sucedió una noche: separados por unas telas, también el narrador y una dama han de pernoctar en el mismo cuarto, después de haber convenido unas normas —los preámbulos son encantadores— que están pensadas para quebrarse y que provocan un murmullo: la fille de chambre de la dama acude, de modo que todo se enriquece sensualmente y, por el azar del fallecimiento del autor, se logra un final con fundido en blanco, casi insuperable… La lectura del Viaje sentimental es una experiencia en la que al lector no se le despinta la sonrisa: la alegría de vivir se desprende del tono de una narración en la que Le Fleur, el criado francés del narrador, Yorick —sí Yorick, como la calavera de Hamlet— es el símbolo de una felicidad y de una entrega, también de una curiosa inutilidad, que ofrece otra visión sobre el manido utilitarismo dieciochesco: Le Fleur sabe tocar música y complacer, pero no tiene ni la menor idea de cómo se arregla una peluca. Resulta también significativa la dignificación, está sí plenamente ilustrada, de las actividades artesanales y mercantiles, que se ejemplifica a través de la anécdota del pastelero, así como la obsesión por los estereotipos que, en el caso de Sterne, un escritor con alma de cómico, es obsesión por relativizarlos, a través de la parodia y de impagables reflexiones lingüísticas y, sobre todo, por medio del recurso de observar una cultura desde los ojos de otra para hermanar a los seres humanos; con menos sentido del humor, lo mismo hace Cadalso en sus Cartas marruecas: ejercer la crítica para mejorar y encontrar lazos de comunidad; el mérito añadido del libro de Sterne es que realiza tal esfuerzo “intercultural” en tiempos de guerra entre Inglaterra y Francia. Tal vez es que, como el propio Sterne escribe: «Un hombre que ría jamás será peligroso». Que los dioses le oigan, porque yo he visto cómo el presidente Bush se partía el pecho, aunque reconozco que a Aznar le costaba estirar la sonrisa. Quizás es que hay maneras y maneras de reír.

El reflejo de las pala bras, Kader Abdolah

Salamandra, Barcelona, 2006. 347 pp. 16,50 €


Kader Aldolah es iraní y vive en Holanda, dos datos imprescindibles para adentrarnos en esta novela en la que desde Holanda mira hacia Persia. Con sus páginas podemos asomarnos, en primera persona, a los matices de aquellos hechos que solamente conocimos a través de noticias periodísticas y que nunca nos han mostrado la complejidad de este país —sus poemas, su geografía, sus costumbres o sus leyendas—, y que, por ende, tampoco nos han permitido entender su política. Esta novela nos acerca a esa necesaria comprensión y tan solo por eso es recomendable su lectura.
En las primeras páginas el autor nos pone al corriente de su estrategia literaria, aclara que en la novela hay tres voces; la del narrador omnisciente, que cuenta la historia de Aga Akbar desde su nacimiento, la de su hijo Ismail y la silenciosa voz del Akbar, recogida en los cuadernos de escritura cuneiforme que su hijo intenta descifrar. Aga Akbar es sordomudo, nació en la aldea del Azafrán, en la montañas de Senayan, zona fronteriza con la Unión Soviética, es hijo ilegítimo de un príncipe, conoce las cosas sencillas y se dedicará toda su vida a reparar alfombras. Las primeras páginas de este libro, las que cuentan la infancia y juventud del protagonista, podrían pertenecer a las mil y una noches, el autor omnisciente nos describe un mundo donde se mantienen creencias y costumbres ancestrales que están a punto de desaparecer. Cronológicamente la juventud de Akbar coincide con el reinado de Reza Kan (1923 -1941), padre del último Sha, Reza Pahlavi (1941-1979). En la novela se narran pormenorizadamente las consecuencias de la inversión obligatoria de las costumbres impuesta por la dinastía Pahlavi, su pasión por la modernidad, la urgencia por infundirla en todo el país que hizo que se prohibiera a las mujeres utilizar el velo o se destruyeran, con la llegada del ferrocarril, los lugares que eran considerados sagrados, iniciáticos, por ser remotos. Akbar, el silencioso, aparece siempre a través de otros, lo van perfilando con nitidez todos aquellos personajes que hablan de su padre a Ismail, y ya entonces, antes de que tome la palabra el hijo, sabemos que Ismail no es sólo su hijo, que la tradición le obliga a convertirse en su prolongación, en quien supla sus limitaciones, él es el único que domina del todo su lenguaje de signos y puede traducirlo y hablarle, es el responsable de que el padre entienda los cambios vertiginosos que se están produciendo, quien le relata el largo viaje, desde la Edad Media hasta el siglo XX, que se produce en el transcurso de su vida. Y esa isla de comunicación tan peculiar, desde la que se nos cuenta, es otro motivo para leer la novela
En la segunda parte Ismail toma la palabra para seguir contándonos la historia, la suya y la de su padre, la historia de su familia y la de Irán. Pero sobre todo la su padre, que retoma donde la dejaron los otros narradores. Conoceremos otras aventuras de Akbar; el viaje a Ispahán , el matrimonio con Tina, el traslado a la ciudad, el regreso, sus misteriosos viajes a la montaña, y sobre todo, el diálogo continuo con el hijo. Poco a poco Ismail nos empieza a hablar de si mismo; de su militancia política contra el Sha, de la guerra contra Irak, de su relación con las hermanas y su madre, de su propio matrimonio y la persecución a la que son sometidos los progresistas por parte del gobierno de Jomeini. Ismail ha logrado huir de su país y escribe desde Holanda, país al que convierte en otro elemento central de la novela ya que, si al principio decíamos que desde Holanda mira hacia Irán, también es cierto que desde Irán el protagonista mira Holanda, ese es el tercer motivo importante para leer esta novela, que nos proporciona el privilegio de ver nuestro mundo a través de otro punto de vista, ejercicio imprescindible para mantener la lucidez en nuestra época.

Algo acerca de Kader Abdolah…
Hossein Sadjadi Ghaemmadami Farahani
es el verdadero nombre de este autor, nacido en 1954, que adoptó el de Kader Abdolah como homenaje a un amigo y compañero de la resistencia que fue asesinado. Estudio Física en la Universidad de Teherán, como su personaje Ismail, fue redactor de un periódico clandestino y huyo de su país en 1988 encontrando asilo político en Holanda, donde todavía vive. Escribe en holandés y ha publicado dos novelas y dos libros de relatos, colabora en uno de los diarios más importantes de este país, De Volkskrant, y ha obtenido muchos premios y reconocimiento. Además de esta novela está traducida al español El viaje de las botellas vacías, en Galaxia Guttemberg, también se puede leer alguno de sus textos en castellano en Radio Nederland http://www.informarn.nl/.
Abdolah contribuye con su pluma, junto al ugandés Meses Isegawa, el marroquí Abdelkadar Benali o la china Lulu Wang a un interesante renacimiento de las letras en los Países Bajos. Merece la pena prestar atención a estos nombres.

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Contar las olas. Trece cuentos para bañistas, varios auto res

Selección y prólogo de Ronaldo Menéndez. Lengua de Trapo, Madrid, 2006;. 144 pp. 15 €



Las antologías del cuento tienen esa particularidad que no es común al resto de los libros, es decir, que no agradan en demasía a un sector de la crítica que ve condicionado el producto a una temática y así, la compilación, se somete a la censura de unas opiniones que, lejos de servir para constatar la validez de la obra de los antologados, aprovecha para arremeter, generalmente, contra el compilador y los autores seleccionados. Mucho me temo que aún en este país se levantan voces afirmando que se publican demasiadas antologías temáticas o generacionales que para nada engrandecen el panorama narrativo breve. Creo que se trata de una opinión que obligaría a un debate en torno al hecho en sí y, sobre todo, al trasunto que pueda haber tras la publicación. Si las editoriales montan sus antologías en torno al mar, la navidad, los oficios, los ferrocarriles, el otoño, la música, los animales, los niños, los abuelos, etc., algo parecido hacían los autores con sus propias obras en los 50 y los 60 y, si un antólogo consigue reunir un buen puñado de cuentos, habrá que reseñarlo desde esa perspectiva, aquella que nos muestra la variedad temática de unos relatos y el trabajo de unos autores en tanto que el material daría para un sinfín de antologías que proyectasen variedades tan amplias como interesantes. Y si queremos buscarle otro sentido a estas compilaciones, entonces lejos de engrandecer un género denostado de por sí, ayudaremos a que nuestros autores terminen por desaparecer del mapa literario en un país donde aún se selecciona poco y todo el mundo publica.
Todo este preámbulo para justificar que un editor encargue a un antólogo el trabajo de proporcionarle a un lector, activo o pasivo, la posibilidad de llevarse a la vista un puñado de cuentos de temática común pero de factura muy diferente y eso es lo que, a simple, vista se ha pretendido con Contar las olas. Trece cuentos para bañistas (2006), reunir, con la temática del mar como fondo, a un grupo de autores, casi todos, eso sí, bajo el manto de Lengua de Trapo, para refrescar el ambiente del verano en un país donde la gente descansa, precisamente, en la época estival y tiene más tiempo para trasnochar en las terrazas y tomar tinto de verano, alternar con algunas copas en las tertulias de madrugada y si queda algún resquicio durante el día, ejercer de lectores en la hamaca situada en la terraza de la casita alquilada o en una playa tranquila frente al mar, mientras los niños juegan y construyen sus castillos en la arena, y la pareja justifica, un año más, su estancia en el lugar y ante esas amistades veraniegas, las mismas que llevan viendo en los últimos años y repiten, siempre, la pregunta oportuna ¡qué estás leyendo ahora! Solo entonces tenemos tiempo para llevarnos un libro bajo la sombrilla para justificarnos como unos lectores que devoramos aquello que se nos pone por delante.
Quizá este haya sido el propósito de Ronaldo Menéndez quien, en el propio prólogo de la antología, escribe un auténtico relato para justificar que a alguien no le guste el mar y así se convierte en el único autor que tiene dos textos en su antología. El resto de seleccionados con técnica, temática, estilo o ese aspecto que reduce al relato a una digresión, que incluye una síntesis argumental y una condensación narrativa para exaltar la capacidad de sugerencia y evocación, como perspectivas tan líricas como narrativas. Además, por supuesto, de esas otras características del género, como la voluntad y afán por contar una historia, con los buenos ejemplos de Bonilla, el de F.M. o de Busutil, quienes mantienen esforzados planteamientos con respecto al cuento; de admirada devoción como Adón, Monteserín o el propio Menéndez y de una prometedora visión, como ya la tiene, Cerrada. Casi todos con esa historia, de mar, que sirve de elemento aglutinador del volumen.Y de paso que alguien vuelva la vista a una idea con ritmo, como se señala en la contraportada, y de alguna manera eleve ese tanto por ciento de lectores en la España que no supera el 50%, cifra aun muy lejos de una Europa devoradora de lecturas donde todo o casi todo cabe en sus bibliotecas. Lugares de los que, por cierto, andamos escasos o de una presencia más activa del libro en el núcleo familiar, si es necesario abaratando costes en ediciones de bolsillo para que, incluso, nos quepa junto al móvil. Y, para curiosidad de ajenos, algunos participantes afirman cosas tan variopintas como las siguientes: «el cuento es un fogonazo, una iluminación», «No pienso nada sobre los cuentos, me sumerjo en ellos», «es un género predilecto, como lector y como escritor», «el cuento es un golpe de mano», «un cuento son diez páginas en prosa» o «¿quién no querría conocer la solución al problema en sólo dos páginas?», de Vallvey, F.M., Bonilla, Busutil, Monteserín y Cerrada, respectivamente.
Yo, por el momento, sigo «contando las olas» y cada cual que aguante el oleaje si, después de todo esto, la tarde se pone fea.

Hasta que te en cuentre, John Irving

Trad. Carlos Milla Soler. Tusquets, Barcelona, 2006. 1.015 pp. 29 €


No nos engañemos: Hasta que te encuentre no es un libro cómodo para irse de copas o bajárselo al bar y echarle un vistazo mientras desayunamos. Este libro, escrito por John Irving y publicado por Tusquets, es de los que hacen lomo (como les gusta decir a los editores), son 1.015 páginas y eso sí que llama la atención.
Si nos atrevemos a abrirlo, no nos sentiremos decepcionados. Dentro encontraremos una prosa aguda, llena de ritmo y una fina ironía irlandesa que empapa las descripciones y los personajes. Es una road movie en el más amplio sentido de la palabra. La trama es muy sencilla: seguimos a Jack desde que tiene cuatro años hasta que llega a convertirse en un actor de éxito. Le seguimos literalmente, la palabra elipsis parece haber desaparecido del diccionario de John Irving, porque insiste en mostrarnos paso a paso la evolución de este huérfano (en muchos momentos, la madre parece más una hermana). De esta manera, vamos con Jack a un internado, asistimos a sus primeros escarceos, etc. pero hay, en mi opinión, dos momentos que destacan sobre el resto de la novela. El primero, cuando Jack, con cuatro años, viaja con su madre, tatuadora de profesión, en pro de un padre organista y mujeriego. Su objetivo, el de la madre, no es encontrarle sino que tenga presente lo que hizo. El segundo momento importante es cuando Jack, convertido en un actor de éxito (llega a ganar un Oscar, premio muy valorado por el público de EE.UU. y que sirve para vender entradas de cine en el resto del planeta aunque la película carezca de sustancia) repite aquel viaje. No es que el resto desmerezca, pero el paralelismo entre estos dos viajes y lo que se nos desvela provoca que se nos fijen estos momentos y no el resto de la novela que, en manos de cualquier otro plumilla, no pasaría de la categoría de «cúmulo de anécdotas y demasiadas biografías», pero que gracias a la prosa de Irving nos mantiene despiertos toda la noche y sólo nos damos cuenta cuando el amanecer se cuela por la ventana. Salimos del trance: ahí están las cuatro paredes, la lámpara encendida, el ruido de los primeros coches en despertar…
Si afirmo que la única diferencia insalvable entre cine y literatura, dos armas que John Irving ha demostrado saber manejar, es la extensión, imagino que muchos puristas del séptimo arte y otros tantos literatos se llevarán las manos a la cabeza, pero el cine, comercial o no, dura un hora y media aproximadamente (es lo que hay, lo siento por los puristas), pero ¿cuánto dura un libro? Éste tiene 1.015 páginas, recuérdenlo cuando lo estén disfrutando. Por supuesto, la idea no es mía. Se la escuché a un maestro que quizá lea estas líneas.

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El turista ex cepcional, Ramón Gómez de la Serna/Hermenegildo Sábat

Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2006. 32 pp. 9,95 €


La mirada es lo que distingue a un turista cualquiera de un turista excepcional, la capacidad de sorprender la vida en el justo instante transgresor, de descubrir paisajes excepcionales en el borde doblado de los mapas, de desoír los consejos del guía y, girando la cabeza hacia el oeste, contemplar un amanecer diferente. La mirada del viajero es la clave para transformar una estampa convencional en una singular y genuina visión.
También la mirada es lo que distingue a Ramón Gómez de la Serna. Sintética, certera, ingeniosa y divergente, su visión del mundo capta momentos únicos, situaciones humorísticas que abren la sonrisa e invitan a la metáfora y al símil. El genial maestro de la literatura breve ofrece aquí una perspectiva inédita de algunos de los más típicos destinos del viajero convencional —transformado aquí en viajero excepcional— Pisa, París, Pompeya, Londres…

Hermenegildo Sábat, artista de origen uruguayo, ha dedicado su vida al periodismo gráfico. Desde sus viñetas ha recorrido la actualidad mundial como testigo excepcional de lo inaudito. Para atravesar las páginas de este libro decidió armar al protagonista con una cámara de fotos. Así, apostado a la derecha de cada página, el turista contempla —nos muestra— selección de monumentos universales. La espontaneidad es el principal rasgo de estas ilustraciones que apenas esbozan al viajero y resuelven con mayor precisión, con grandes manchas de acuarela, los escenarios visitados.
Gladys Dalmau de Ghioldi, nuera del escritor, es quien ha proporcionado este texto sencillo pero rebosante de sugerencias y evocaciones que adquiere una especial relevancia gracias a un estupendo trabajo de edición.
La colección Historias microscópicas de Libros del Zorro Rojo es una propuesta de lectura especialmente atractiva para los amantes de libros personales, que se resisten a las clasificaciones. Por eso es difícil definir si este álbum, esta pequeña delicia estética, es un libro de viajes, un cuento, un manual… si es un libro infantil, juvenil o dirigido al público adulto. Su principal encanto es que escapa a las clasificaciones. Gustará a quien guste soñar y pondrá una chispa de lirismo en cualquier plan de lectura (o de vacaciones).
Y es que, como dice Ramón, «ser un turista cualquiera no vale la pena», y para muestra, esta hermosa rareza.

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Doble mira da: Edición conmemorativa del 40 aniversario de Alianza Editorial

Alianza, Madrid, 2006. 10 € c.u.

Ficciones, Jorge Luis Borges; El jugador, Fiodor Dostoyevski; Poemas y canciones, Bertold Brecht; La metamorfosis, Franz Kafka; El lobo estepario, Herman Hesse; El señor de las moscas, William Golding; Tristana, Benito Pérez Galdós; El malestar de la cultura, Sigmund Freud; Muertes de Perro, Francisco Ayala; El corazón de las tiniebles, Joseph Conrad.

1.
Marta Sanuy

Muchos, a la hora de elegir qué vamos a leer, nos fijamos antes en la editorial que en el autor; somos los que averiguamos pronto que una buena editorial era la mejor guía, la que nos recomendaba las lecturas fundamentales, aquellas que nos iban a cambiar. Lamentablemente no hemos vuelto a tener garantías tan rotundas como entonces, cuando tanto las necesitábamos porque éramos lectores nuevos y desnortados. Alianza Editorial, y en concreto la pionera colección Libro de Bolsillo (que todos identificamos por sus siglas en el lomo, LB) fomentó el vicio de la lectura mucho más de lo que puedan pretender mil programas educativos y campañas de animación. Estos diez libros que se vuelven a editar con un precio módico, y con esto repiten en Alianza un acierto, son un reencuentro con diez títulos imprescindibles, obvios: seguro germen de muchos nuevos lectores. Se vuelven a publicar en su formato original pero en tapa dura. En las portadas, vuelven a lucir las ilustraciones de Daniel Gil. Mírenlas después de terminar la lectura y reconocerán la capacidad de síntesis de un genio.
Felicidades a todos aquellos que todavía no leyeron estos diez magníficos libros por todo lo que van a viajar, a sufrir, a pensar, disfrutar y a averiguar. Felicidades también a quienes los reencuentren, podrán degustar el renacimiento de aquellos ejemplares frágiles y con las páginas amarillas, se han metamorfoseado como su esencia requería en sus clónicos robustos, hermosos, de mejor papel. En edición de lujo, como merecía la ocasión.

La primera vez que lei El corazón de las tinieblas me sentí glotona, no me gusta leer las novela de un tranco y a la velocidad de los rayos salvo que carezcan de interés. Aunque aun no he averiguado como defenderme de ese magnetismo de Conrad que me transforma en una lectora compulsiva, he intentado analizar sus estrategias. Joseph Conrad lleva hasta el límite el pacto con el lector, todos sus narradores cuentan a una audiencia atenta a la que el lector se suma: con Conrad pronto dejas de leer para seguir escuchando, formas parte de un grupo que escucha. En El Corazón de las Tinieblas, uno de sus intensos libros, escuchamos un viaje de iniciación, es un viaje largo y dramático a través del rio Congo, su protagonista persigue una voz, la de Kurtz, y un centro remoto en el nacimiento del rio, navega hacia una obsesión tan fértil que inspiro nada menos que Apocalipsis Now, y es que nunca ha inspirado Conrad películas mediocres, Alien también parte de una de sus novelas La línea de sombra. No menos impresión me causo entonces Kafka y su Metamorfosis. Citamos habitualmente a Don Juan y a Otelo, son arquetipos, sin embargo Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis, el modelo más cercano al hombre contemporáneo, no ha logrado ser popular. Mejor fortuna tuvo el nombre de su creador, convertido en adjetivo imprescindible durante tanto tiempo que terminó vaciándose de contenido, ¿qué tema no hemos despachado con negligencia pedante diciendo que es “kafkiano”?. La metamorfosis es una metáfora exacta de nuestras impotencias, no intenta ser verosímil, todo en esta obra es subjetivo, exagerado e irreal, tan familiar y ajeno a un tiempo que cada lectura es diferente y todas nos conducen a la perplejidad. En El señor de las moscas logró Golding sintetizar sueños y pesadillas, los condensó en símbolos e impulsos primordiales: el fuego, la fiera, la sangre, la guarida, la necesidad mutua, el ascenso a la montaña, la autoridad, la espiral en una caracola, el odio y el robo del fuego para restituirlo a su origen, el lugar del que lo sustrajo Prometeo. Tomó William Golding el miedo y la fuerza, la fragilidad y la memoria y los hilvano en una historia sencilla: un avión se estrella en una isla, los supervivientes son niños. Nos narra el autor los hechos en un estilo directo, sólo hay descripciones y diálogos, y vamos averiguando como se organizan, como colaboran y se enfrentan, como regresan a un tiempo primigenio y unos mantienen encendida la llama de la civilización, la hoguera es la única esperanza de que les rescaten, mientras los otros descubren el placer de la caza, de la sangre y el barro. El gran mérito de Golding consiste en invertir el tiempo. El sueño del progreso nos muestra su antípoda, todas las metáforas funcionan al revés en el difícil retorno al pasado de la especie que sólo unos pocos autores se han atrevido a abordar, Alejo Carpentier en Los pasos perdidos o Conrad también lo contaron prodigiosamente. El conocimiento es la única posibilidad de salvación: solo las lentes de Piggi sirven para encender el fuego, pero la fuerza y la violencia se van imponiendo como la única manera de vivir el presente. Aunque no todo lo que publico Alianza me gustaba entonces, recuerdo haberle tenido bastante manía a Freud, me parecía omnipresente y no lograba entender que todos los conflictos se explicaran recurriendo a algún suceso sexual traumático y olvidado. Me reconfortó Giovanni Papini cuando en un cuento de Gog hace que su protagonista le regale a Freud una escultura de Edipo y que este, conmovido, le confiese que siempre quiso ser autor de ficciones pero todo el mundo le tomaba en serio. Ahora reconozco que sin Freud no se puede pensar, que tiene esa fuerza que solo consiguen unos pocos y sus análisis han pasado a nuestro lenguaje, es conocido por todos y a todos nos afecta sin necesidad de haberlo leido .
A Galdós llegué a través de las películas de mi paisano Luis Buñuel, hasta entonces sólo supe de Don Benito que le llamaban “el garbancero”, gran error haberle subvalorado. Benito Peréz Galdós es un gran novelista sobre el que merece la pena volver una y otra vez, Tristana es una feminista avant la letre, un personaje que proyecta cada entusiasmo con tanta intensidad que cada pocas páginas se va metamorfoseando, la novela es el espejo de una época y sus limitaciones, pero sobre todo es un mecanismo perfecto, Galdós sabía algo que hoy muchos ignoran; crear una estructura.

2.
Care Santos

Uno de mis primeros recuerdos como lectora tiene que ver con el vértigo, con el miedo a caer al vacío.
Mi primera librería de cabecera, la entonces aún modesta Robafaves, ocupaba un local estrecho y alto en la calle Santa Teresa, de Mataró. El lugar estaba atestado de libros que crecían en vertical, como los cumulonimbos. Para acceder a los que estaban más altos, lo empleados —y, al parecer, sólo ellos, un dato que yo desconocía— utilizaban escalas de gato. Una de las colecciones que pervivía en las alturas era Libro de Bolsillo, cuyos títulos llamaban mi atención como a las polillas las luces. Tendría yo unos doce años, mucha curiosidad y un cierta temeridad derivada de la injustificada fe en mis inexistentes cualidades físicas. Por eso no dudaba ni por un momento en encaramarme a las escalas en busca de tesoros bajo el techo de mi librería, y me molestaba enormemente que al instante apareciera uno de los empleados —algunos de los cuales siguen siendo mis libreros de cabecera— para controlar mis movimientos.
De aquellos anaqueles altísimos, y siempre bajo la mirada severa del odioso vigilante, recuerdo haber extraído mi primer ejemplar de las Ficciones de Borges —la portada me hizo suponer en un primer momento que se trataba de un libro de psicología o de medicina— pero la primera línea —que entonces ya «cataba» in situ, antes de adquirir el libro, una costumbre que sigo practicando— despertó en mí un interés inmediato: «Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar». También mis primeros Dostoyevskis —entre los que no se encontraba El jugador— salieron de allí. Como El lobo estepario, de Hesse, en esta misma edición que ahora revivo, sólo que menos señorial, más sufrida, más modesta y más a mi alcance. En suma, Herman Hesse exactamente como yo lo necesitaba.
«Contiene este libro las anotaciones que nos quedan de aquel hombre, al que, con una expresión que él mismo usaba muchas veces, llamábamos el lobo estepario», me reclamó la novela en la primera línea. Pienso ahora por qué motivo: no es, precisamente, una frase anticipatoria, ni con gancho, ni siquiera brillante. ¿Qué debía de saber yo de Hesse a los 12 años? Ni siquiera creo que su nombre me sonara de nada. En mi casa, nadie había leído jamás a Hermann Hesse. ¿Sería que en la portada se anunciaba el Premio Nobel conseguido por el autor, y yo era tan ingenuamente dada a creer en las fajas de los libros? ¿Sería que leí en su contracubierta que se trataba de la vida novelada de un escritor y yo entonces leía vidas de escritores como otras generaciones leyeron vidas de santos? El caso es que la historia de Harry Haller, su protagonista, y —sobre todo— de los secundarios —Hermine, María, el saxofonista Pablo—, me fascinaron. Tanto que después ningún otro Hesse estuvo nunca a la altura de aquel primero, excepto, acaso, Lecturas para minutos, también en Libro de Bolsillo y también en las alturas de mi librería. Esa novela fue también responsable de mis primeras audiciones de Mozart, en ese laberinto plagado de puertas sin cerrojo que es siempre la literatura.
El jugador, muchos años después, también llegó en la edición de LB, cuando volví a ella en algunas etapas de mi vida —por ejemplo, cuando me quedé en paro en 1992— y se agradecían tanto buenas ediciones a precios asequibles. Es ésta una novela —yo entonces no lo sabía— que Dostoyevski dictó presionado por las prisas —y por un contrato leonino— de su editor. La taquígrafa era Anna Griogorievna Snitkina, la que muy pronto se convertiría en su esposa; la mujer que tivo, además, el privilegio, de mecanografiar esta novela y también Crimen y castigo. Hay una biografía de Ricardo San Vicente que cuenta todo esto, pero también Juan López-Morillas lo apunta en el prólogo de esta edición, de la cual es responsable. Después de saber, pues, que estamos en manos expertas, sólo me queda apuntar lo que ya casi todo el mundo sabe: que en esta historia reflejó Dostoyevski su pasión por el juego, que le atormentaría toda la vida y también su arrebato por una mujer llamada Polina Prokofievna. Sólo el nombre de la chica que la inspiró ya da ganas de leer la novela.
Los Poemas y canciones de Brecht nunca cayeron en mis manos en esta edición, pero celebro haberla incorporado a mi biblioteca. Para escribir estas breves líneas he vuelto a asomarme al estilo narrativo y directo del autor alemán, que parece emocionarme más conforme pasa el tiempo. Una perla, como muestra:

Yo, Bertold Brecht, vengo de la Selva Negra.
Mi madre me llevó a las ciudades
Estando aún en su vientre. El frío de los bosques
En mí lo llevaré hasta que muera.

Son los cuatro primeros versos del poemas titulado Balada del pobre Bertold Brecht. Por cierto, se cumple este año el cincuenta aniversario de su muerte en Berlín. Para quien quiera celebrarlo como lector, me permito recomendar una edición alternativa a esta tan hermosa: Más de cien poemas, una edición de Siegfried Unseld en Hiperion.
Y dejo para lo último a Ayala, a quien también llegué, muy tardíamente, por esta edición. Aunque reniego de los homenajes oficiales, no me parece mala ocupación para este verano darse a estas Muertes de perro reeditadas. Novela de dictador, crítica con el poder y con la condición humana en la que el estilo conciso de su autor se conjuga con su ojo crítico.
Y, hablando de homenajes, aquí queda patente el nuestro hacia una colección en la que todos aprendimos a leer. El lector memorioso y agradecido sabrá perdonar el exceso de texto —qué queréis, con semejante material— de la entrada de hoy. Vale.

La propia mu erte, Peter Nádas

Trad. Adan Kovacsics. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2006. 76 pp. 12,00 €

En ocasiones, la ignorancia depara gratas sorpresas. Como enfrentarte por primera vez, y sin los prejuicios de la información, a una obra de un autor húngaro llamado Péter Nádas. De otra cosa no sabré, pero de autores húngaros contemporáneos… tampoco. Yo no había leído una sola página de este hombre. Ahora conozco de él lo que cualquiera descubriría en un diccionario enciclopédico suficientemente actualizado o en la camisa de su último libro (nacido en Budapest en 1942, 13 títulos en su haber, candidato al sacrosanto Premio Nobel, vive apartado del mundanal ruido), y algo más: los detalles de su infarto de miocardio. La propia muerte relata el proceso que llevó a Péter Nádas a estar muerto. O a acercarse mucho a esa frontera, túnel de luz incluido.
Hay quien opina que los escritores que se zambullen en sus propias vivencias se miran tanto el ombligo que acaban metiendo la nariz en él. Algo, a su entender, detestable. Algunos de esos escritores, sin embargo, tienen la vista y el olfato tan desarrollados que saben rastrear dentro de sí mismos, como sabuesos, hasta desentrañarse. Éstos suelen entregar al editor mamotretos de notable valor humano y literario. No es el caso de Péter Nádas. La propia muerte es un libro de valores notables, incluso sobresalientes en pasajes concretos, pero pequeño como él solo. Apenas 76 páginas. Una ridiculez que sitúa el precio por página en más de 25 pesetas (perdón por mi anticuado patrón de medida). Aun así, merece la pena pagarlo.
Nádas ha efectuado, en tan corta travesía, un demoledor análisis fisiológico y mental. Sin sensiblería ni moraleja, sin cantos a la segunda oportunidad, sin complacencia al lector, se esfuerza en un único objetivo: describir con exactitud la situación extrema, sus percepciones y razonamientos. «La conciencia despojada de las percepciones físicas ve en el mecanismo del pensamiento su último objeto», subraya. Y para lograr tan complejo propósito se pertrecha con armas infalibles: la paciencia, tan extraña en la literatura de este siglo, y la concisión. El resultado es un texto que nadie calificaría de autocomplaciente o terapéutico. Me inclino a opinar, más bien, que éste obstruye las arterias. Aun así, afrontaría de nuevo el peligro de su lectura.
Nádas comenzó su andadura literaria en 1967. Antes había sido reportero fotográfico. Ha escrito novela, relatos, piezas teatrales y hasta guiones de cine. Cuentan que su infancia y adolescencia, barridas por las muertes de sus padres, han marcado su obra. Sus referencias bibliográficas hablan de dos textos decisivos para la literatura de esa Europa intra y pos-comunista, El final de una saga (1977; editado en español por El Aleph en 1999) y Libro del recuerdo (1986; Seix Barral en 1998). Acumula premios y reconocimientos. Nada de eso se vislumbra en La propia muerte. No hay pasado en este libro. Ni triunfos, ni regímenes autoritarios, ni clandestinidad, ni lucha. Tan sólo un escritor de cincuenta y un años empeñado en terminar de corregir unas galeradas en un día cálido. Tan sólo un ser humano empeñado en relatar la parada de un corazón y su circunstancia. Su discurso resulta original hasta en el tratamiento de los aspectos más trillados de estos trances. Una prueba: «El olvido no tiene cabida en la intemporalidad. A falta de mejor fórmula, se suele decir que en el instante de la muerte el hombre repasa los hechos de su vida haciendo el recorrido a la inversa. Para ser sinceros, no repasa nada. Eso sí, ve con claridad…».
Poseedor del grupo sanguíneo CL+ (crítica literaria positiva) que distingue a los miembros del colectivo Banda aparte, reservo mis dotes de persuasión para lo mejor de la obra: su final. Pocos finales menos rimbombantes y más adecuados habré leído. Lo silabearé, para resultar convincente. Re-co-men-da-ble. Tanto que asumiría el riesgo de prestar el libro a quien desee ahorrarse los 12 euracos.

Nota para los amantes del dato que se defiendan con el húngaro o el inglés. Hay una página web que informa con cierta extensión de Péter Nádas y su literatura:

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En cuentro con la narrativa dominicana contemporánea, Rita de Maeseneer

Iberoamericana-Vervuert, Madrid-Frankfurt am Main, 2006. 261 pp. 19,80 €


¡República Dominicana! ¡Santo Domingo! Seguro que te acaban de venir a la mente playas paradisíacas de arena fina y agua cristalina, palmeras descomunales y un infinito horizonte azul. Pues debes saber que ése no es más que un escenario parcial, manipulado, diseñado para turistas, localizado principalmente en el norte de la isla. El resto del territorio, incluida la capital, es una mezcla de pobreza y calmadas ansias de vivir y sobrevivir, ya sea para comer, ya sea para crear.
Pero no te sientas decepcionado. Si eres un lector curioso, tienes toda una narrativa desconocida que descubrir. Curioso y aventurero, habría que añadir, ya que la mayoría de libros dominicanos están encerrados dentro de la isla, faltos de una mínima estructura de distribución, por lo que hay que tener cierta maña para localizarlos y hacerse con ellos. De modo que para encauzar con habilidad tus esfuerzos es preferible tener una mínima idea de qué buscar, y dejar aparcado de momento el problema del dónde.
Para esa tarea es difícil imaginar mejor guía que la de la profesora Rita de Maeseneer. Su recorrido por la narrativa dominicana es amplísimo incluso habiéndose centrado en las manifestaciones del siglo XX, y abarca desde nombres consagrados, como Marcio Veloz Maggiolo, a pequeñas estrellas locales, como Rita Indiana Hernández. La organización del material es temática, por lo que resulta más instructiva para quien no conozca la realidad insular. Así, tras una breve parada en la novela colonial se da paso a la más frecuentada dedicada a ese monstruo llamado Rafael Leónidas Trujillo, el dictador particular del territorio, universalmente conocido gracias a Vargas Llosa y su La fiesta del chivo. Precisamente esta novela es también analizada aquí, junto a alguna más de autores dominicanos reconvertidos en ciudadanos estadounidenses y escritores por tanto en lengua inglesa, como Julia Álvarez y Junot Díaz, y de autores haitianos, como la exquisita Edwidge Danticat, que sirven de conveniente contraste, en particular al tratar un hecho histórico fundamental, aún presente en la memoria colectiva: el “Corte” de 1937, la matanza de miles de haitianos “ilegales” por orden del supremo Trujillo. El sentimiento de culpa por tan deplorable hecho aún se rastrea en la narrativa joven reciente, en la que el antihaitianismo trujillista da lugar una rehabilitación no exenta de curiosidad del “hermano” de la otra medio isla. Y es que Haiti no deja de ser un pedazo de África pura en tierras americanas, que destaca frente a las posibilidades de progreso, aunque difícilmente cumplidas, de República Dominicana.
El recorrido continúa en una segunda parte dedicada a distintas visiones del campo y la ciudad, con el momento estelar que representa la novelita urbana inaugural La estrategia de Chochueca de Rita Indiana Hernández, y a la inmigración de dominicanos a la cercana e “imperial” Puerto Rico en busca de unas expectativas de futuro más sólidas. En este último caso se recurre de nuevo a una visión “extranjera”, la de escritores puertorriqueños, como Ana Lydia Vega, para dotar de más matices el estudio. La tercera y última parte es un seguimiento de la presencia musical tan característica de Santo Domingo en su narrativa, a través de uno de sus representantes principales: el bolero. Como curiosidad, señalar que una de las novelas analizadas, Sólo cenizas hallarás de Pedro Vergés, fue finalista del Premio Nadal en 1980, y es fácil de encontrar en librerías de viejo.
Pero lo que acaba de darle más valor a este intenso y atractivo trayecto es que la visión de la autora, aún siendo apasionada, no es parcial, sino desprejuiciada y con frecuencia teñida de una sutil ironía que se agradece a cada página. Es frecuente que el estudioso admire tanto el tema de su tesis que todo le parezca maravilloso y sin mácula, de donde el lector termina por no creerse ni una de sus palabras como no lo haría del gurú de una secta que le fuese ajena. Por contra, De Maeseneer no duda en criticar los puntos flojos de los libros que examina, sin dejar de ser consciente de que en una novela, además de lo fundamentalmente literario, puede importar también lo que contiene de histórico o social, o incluso lo que con sus defectos muestra de una tendencia que se respira en el aire y no acaba de tomar forma artística plena por una u otra razón.
Así que ya sabes. Tú, que sueñas vivir el Caribe con intensidad, tienes aquí una puerta de entrada alternativa al paraíso… y al infierno.

Memo ria del miedo, Andrew Graham-Yooll

Libros del Asteroide, Barcelona, 2006. 238 pp. 17,95 €


En algunas entrevistas, el escritor Primo Levi recordaba cómo sus hijos le prohibían hablar en casa acerca de su experiencia como prisionero en Auschwitz. Buena parte de su obra gira en torno a aquel acontecimiento, que cuarenta años después le empujó a suicidarse. Fueron cuarenta años de silencio compensado por la escritura, por la búsqueda de palabras que le ayudasen a explicar qué había sucedido. Una condena similar, no obstante, la arrastramos todos de una u otra manera. Queremos buscar un modo de narrar nuestro pasado, de fijarlo para que ciertas cosas no se repitan nunca, para que sirvan de ejemplo a los demás o simplemente para dejar claro que hemos existido; por desgracia, resulta muy difícil. La objetividad a menudo no basta. Tampoco el rigor historicista. Como nos recuerda Andrew Graham-Yooll al hablar sobre la dictadura militar que sumió Argentina en el terror durante los años setenta, «sólo la ficción puede contar estas historias, porque impresas como testimonios parecen falsas».
Al cantante Bono le invitaron no hace mucho a dirigir The Independent por un día. Cuando se reunió con los redactores del diario, les dijo que no iban a poner ningún titular en la portada; no quería sensacionalismo. En lugar de eso, pidió que se incluyesen los nombres de los muertos por sida del día anterior en África, de esa forma evitarían la abstracción en la que suele caer el periodismo. Nada de cifras y estadísticas, sólo nombres concretos. Lo importante para el líder del grupo U2 era evitar las generalizaciones, la serialización. Memoria del miedo opera de esa manera. Para empezar, no hace una lectura pormenorizada de los antecedentes de la dictadura militar argentina de los años setenta, sin siquiera pararse demasiado en ella. La intención de su autor no es ofrecer una visión definitiva, quizás porque conoce las limitaciones que conlleva describir el horror o el pasado. Seguramente por eso se fija en algunos detalles, en cuya descripción, eso sí, su escrupulosidad es máxima, como pone de relieve una nota a pie de página en la que reconoce un error al haber descrito una prenda de vestir de un color y comprobar años más tarde en una fotografía que no era así.
El libro de Graham-Yooll está compuesto por varios capítulos independientes que van conformando poco a poco una época. Se describen los secuestros continuos, la violencia en las calles, las armas, el miedo a la vuelta de la esquina, los teléfonos sonando en mitad de la noche, los sueños interrumpidos… También se describe qué se juegan quienes intentan describir la realidad cotidiana cuando un gobierno exige que se mire hacia otra parte; el desaliento de los perseguidos; la parálisis emocional que sacude a las familias amenazadas; la deriva que provoca el exilio; la cobardía y la complicidad de la Iglesia mientras se pretende limpiar una sociedad; las desapariciones… Incluso la connivencia de ciertos países con regímenes sin respeto hacia los derechos humanos, sin escrúpulos. Y el miedo que uno se lleva para siempre, vaya a donde vaya, porque «el miedo se puede convertir en una costumbre».
Nada de lo que cuenta Memoria del miedo resulta muy ajeno en una sociedad como la nuestra, donde, pese al alto el fuego de ETA, aún hay quienes revisan cada mañana los bajos de su automóvil por miedo a saltar por los aires. Algo sabemos aquí sobre amenazas, secuestros, ejecuciones y, por desgracia, guerra sucia por parte del gobierno. Del mismo modo que Graham-Yooll describe cómo tres individuos que estuvieron a punto de asesinarle luego le pidieron disculpas y le invitaron a comer con su mujer e hijos en un restaurante, aquí hay familiares de víctimas del terrorismo que viven en el mismo edificio que los asesinos de sus seres queridos. Aunque las cosas a veces resultan absurdas, conviene recordarlas por si acaso.
Últimamente he tenido que ir varias veces al mismo dentista, un argentino que vive en España desde hace diecisiete años. En mi primera visita apenas hablé; tenía miedo. Luego, sin embargo, fui relajándome. Parecía una persona simpática. No sé por qué, le dije que acababa de leer Memoria del miedo, esperando que me preguntase cosas al aclararle que trataba sobre la dictadura militar de Videla. Pero él no comentó nada al respecto, sólo dijo que los militares «habían acabado con una pandilla de hijos de puta y habían limpiado el país». Para él, la democracia había traído la ruina del país. Me consta que fue por su profundo compromiso con la economía por lo que se vino a España, «para hacer guita», según su propio testimonio, porque uno puede aguantar la rebaja de sus libertades e incluso aceptar el asesinato de sus semejantes, jamás la rebaja de sus honorarios extrayendo muelas.

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